4 de septiembre de 2012

Aire

Cuando lo que espero es caer, me sostiene ese aire que sostienes ser. Tal vez por eso dije lo que dije sin pensar en qué te haría pensar.
Desperté a su lado y esto fue lo que me ocurrió decir al decir "te amo"—probablemente sólo nombré una ocurrencia previa—.
Por octava o novena vez desperté junto a ti (quise perder la cuenta) y, acostumbrándome de a poco al sigiloso flujo que a veces se transforma en palabras, te lo dije para que nos quedáramos callados después: tú acostada y yo en otro lugar, cada quién pensando en lo que había hecho o dejado de hacer, en lo que había sentido o dejado de sentir.
No sé de dónde salió, quizás del humo verde de la noche anterior; había despertado apenas y todo se veía de un gris colorido. No esperé el momento justo que facilitara el intercambio, el equilibrio y la tranquilidad del aire que se va pero regresa, y es que no sé si lo justo exista en los momentos o si se trate de algo que se inventa una vez que el reloj ha dado suficientes vueltas.
Eso te dije, medio dormido junto a ti en la mañana de uno de esos días para vernos de lejos. Y no supe a dónde fue o a dónde llegó, pues pareció impactarse en contra de una superficie tiesa y absorbente que difíclmente dejaría salir algo.
Te dije que te amaba un día, hace poquito. Y como que algo escuché o como que algo quise escuchar, pero me salí antes del cuarto, apagué el despertador y acabó la prórroga del sueño dentro del cual te quise decir eso y mil cosas más, dejando así abierto el paso al silencio.
Más tarde volvió el aire de tu voz, que algo movió.
Algo me dijo. Me quedé pensando, antes de contestar, qué, con la intención de entender cómo funciona ese callado diálogo que ocurre entre nuestros cuerpos cuando se miran, se cuentan y se imaginan, cada uno a su manera, que se entienden.

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