28 de julio de 2011

Sobre la tristeza

En cualquier lugar; ilocalizable, perdida, pero presente. Ambigua, suficiente. Se apodera de pronto de mí y no me suelta. "Tendrás que hacer lo que sabes que tienes que hacer para liberarte de mí", me insinúa la tristeza en un sueño que no recuerdo. La veo volar, va de aquí para allá, viéndome a los ojos cada que desvío la mirada, cada que intento creer que hay algo más.
Tendré que hacer lo que sé que tengo que hacer, recuerdo al recordar el sueño que se olvida. Y resulta que no quiero hacer lo que tengo que hacer. Me pregunto en dónde se parte la delgada línea que divide el hacer del querer. Y entonces quiero hacerlo, entonces quiero hacer lo que sé que tengo que hacer. Pero no puedo. ¿En dónde está la línea que divide el querer y el poder? Está en la tristeza.
Hay tanta luz, me imagino, perdido en la sombra. Todos los días, constante e inevitablemente, el mundo se reduce a unas cuantas palabras que se repiten como el eco de un sonido horroroso. La vista se nubla cansada de no poder enfocar. La atención se disipa en un intento vano de conocer algo distinto. Yo me hundo en un remolino de un fulgor opaco y mordaz.
Luego me levanto mientras me siento arrastrado hacia el lugar más profundo que pueda describir. No lo describo. Intento entonces describir lo que siento sabiendo que lo más probable es que me pierda en un abismo indescifrable de palabras vacías. Me detengo por fin, en un constante movimiento sombrío, y lo digo: estoy triste, estoy muy triste.

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