24 de abril de 2011

Gritos

Grité. Así. No necesito decir mucho más: ya grité. Desde adentro, con fuerza controladamente desmedida, lo hice, grité. Precedido de un nudo interno que difícilmente, pero que en ocasiones sí, cede, abrí por fin la boca y saqué lo que todavía se atora. Pero pude gritar.
Haz de cuenta —le digo a quien fue capaz de contenerme— que vi que no podía más con tus paredes —me hablo a mí, en realidad— y las quise saltar. Haz de cuenta —me hablo desde adentro— que no quería lastimarme y salté. No sabía, por eso salté.
Qué golpe. En verdad, lo digo sin ánimo de exagerar; tampoco guardo ninguna intención implícita de querer desbordarme, sobresalirme ni exaltarme, pero, en verdad, qué golpe me di.
Creerás —sigo adentro— que fue el filo del pie lo que chocó contra la barda. No. O que fue la rodilla, ya en un salto menos hábil. Tampoco. Me estrellé de lleno contra el pecho. Y me dolió tanto el corazón que tuve que preguntarle si quería seguir latiendo. Tímido, incrédulo —poco le dirijo mi atención—, me dijo que sí, pero que, para hacerlo, necesitaba un camino libre, sin murallas; sin golpes, sobre todo.
Y entonces —ten precauciones, corazón— se lo doy.
Así, tan fugaz, tan breve, tan yo, grité. Desde adentro, sin poder —queriendo pero sin poder— decir mucho más. Grité, corazón, grité.

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