18 de febrero de 2010

Persiguiendo fantasmas

Tenía que admitir que había salido hipnotizado de la conferencia. Y cuánto duró.
Días después, no podía hacer más que pensar en lo que había escuchado. Las palabras se repetían y se repetían como la estela de lo que siempre había querido saber. Pero no podía saber.
Ya no las veía —nunca las vio— pero las seguía escuchando. Y entonces se preguntó por qué la mayoría de la gente cree ciegamente en lo que puede observar y desconfía permanentemente de lo que no puede observar.
"¿Será que antes del microscopio —se preguntó— no existían los microbios?" Él, junto con miles de personas más —incluso las que desconfiaban permanentemente de cualquier cosa que no pudieran ver—, estaba seguro de que los microbios habían estado ahí todo el tiempo, esperando a que alguien inventara algo tan lógico y universal como para que (casi) nadie se atreviera negarlos.
Ahora esperaría para ver lo que todavía no podía ver. Quizás nunca podría, pero igual estaba seguro. A veces se sentía un microbio; desconfiando sistemáticamente, sin creer ciegamente, sabía que existía. ¿Quién lo observaba?

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