6 de diciembre de 2009

Sonrió después

Con la mirada hacia otro lado, con la mirada lejos de mí, me dijo todo lo que sintió (y lo que sentía también). ¿Qué le decía? Pensaba sin decir nada, contrario a mi vieja costumbre de decir sin pensar nada. ¿Qué le decía?
Ahí estaban, simples, los tres mundos en los que —a veces— creo. Ni pensé ni dije: hice.
Dice Juan Villoro que para un mexicano aceptar un error es peor que cometerlo. Dijo ella que intentar reparar un error sólo lo agrava. Fue tan grande el error que qué más daba reconocerlo y hacerlo peor, que qué más daba intentar repararlo y descomponerlo más.
"Me sentí como un perro", me dijo; así empezó todo. Con la mirada hacia otro lado.
Reconocí el error (habría sido un error que jamás habría querido reconocer no hacerlo), pensé en una solución (el perro sería yo) y regresamos (no estábamos tan lejos).
Sí, me equivoqué; sí, lloró; pero, al final, no salió tan mal. Sonrió después.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada