17 de diciembre de 2009

La paradoja de lo feo que se siente no sentir nada

—Para la otra te voy a poner una para caballo —me dijo riendo la semana pasada. Yo también me reí, sentí un adelanto de alivio.
Y sí: me puso una para caballo. Ya en el coche, de regreso, con la mitad de la boca y de la lengua dormidas, pensé en la incomodidad de la falta de sensación. Primero una pomada que atonta la lengua y a su agente; luego un piquete incómodo para no sentir dolor (ya la lengua y el agente fueron estratégicamente atontados para evitar reclamos); después un taladro que, para cualquier persona que haya visitado al odontólogo más de una vez, estará inevitablemente asociado, en el mejor de los casos, con el característico olor a diente molido, y con un calambre que inicia en la boca y se manifiesta con pequeños saltos corporales, en el peor.
Se sentiría peor sentir, desde luego, pero sólo en ese momento. El procedimiento se lleva a cabo cuando apenas se empieza dormir la boca, pero los efectos más fuertes siempre se manifiestan cuando lo que quieres es comer algo diferente a tu propio cuerpo (empezando por el cachete).
Así llegué a la conclusión de que, por extraño que suene, se siente feo no sentir nada.

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